Tuesday, July 19, 2005

25 de Septiembre de 1889

25 de Septiembre de 1889

Si les dio gusto recibir mi ultima carta de viajes, seguiré con la misma. Ojala no se aburran con ella.

Me quede en San Andrés Tuxtla. En vísperas de una hermosa excursión al Salto del Río Grande de Catemaco. Aunque en la noche había ciado un aguacero, mande ensillar los caballos y a las 7 de la mañana salimos, mi amigo y yo. A las 9 llegamos a Catemaco, un pueblo grandecito, donde nos abastecimos con vino, queso y pan y luego seguimos adelante con un guía. Después de otra media hora llegamos a la cascada, donde este Río Grande cae en tres ramales desde una altura de 60 m a un abismo, con un estruendo espantoso, que se puede oír hasta San Andrés, si el viento va en esta dirección. Toda la barranca esta llena de vapor de agua, bajo el cual, mas allá, aparece el río como una espumosa cinta de plata. Era hermoso y me quede admirándolo por mucho tiempo, tanto desde arriba como desde abajo. Cerca de mediodía volvió la lluvia y tuvimos que huir. A pesar de exigirles lo máximo a nuestros caballos, llegamos mojados hasta los huesos a Tuxtla.

Tuve que esperar dos días hasta que llegara mi equipaje con las muestras, lo que era una ocupación muy agradable. Mientras tanto leí “Fausto” en español. Pero después si trabaje de un tirón, para no perder demasiado tiempo y pude hacer unos muy buenos negocios. Luego continúe mi viaje, pero ahora me tocaron caminos espantosos.*

Por muchas millas parecía que íbamos por un pantano. Por horas chapotearon los caballos en lodo hasta las rodillas, a veces hasta el pecho! Y las pobres mulas bajo su carga se quedaban atascadas con sus piernas delgadas, que a veces no podían seguir. Inclusive una se cayo y se hundió tanto, que no se pudo volver a levantar. Así que tuve que ayudar a mi guía a descargar el animal hasta poderlo levantar y luego volverla a cargar, naturalmente con el lodo mas arriba de mis rodillas. Afortunadamente después cruzamos un río bastante crecido, tanto que el agua paso por encima de mi silla, así se limpiaron mis pantalones y botas. Pero la sensación del agua fría dentro de mis botas era demasiado desagradable. Le pedí a mi guía que me los quitara y en el proceso casi me arranco las piernas! Colgué las botas y las calcetas sobre el cuello de mi caballo para que se secaran y seguimos chapoteando. Después de vadear unos cuantos ríos pequeños llegamos, a las 7 de la noche, con una lluvia torrencial a un poblado mas grande, Guayapan, donde pasamos la noche – habíamos salido a las 5 de la mañana!

Los caballos y las mulas estaban tan agotadas por el mal camino y la lluvia, que no pude llegar, como el año pasado, al la hacienda “Corral Nuevo” , donde lo había pasado tan bien. Cuando me levante a la mañana siguiente y cheque los animales, tenían las piernas y sus pechos y espaldas tan hinchadas, que era imposible seguir con ellos. Entonces tuve que buscar animales nuevos y se hizo las 8 de la mañana hasta que pude salir, bajo un aguacero tremendo que duro casi todo el día. Afortunadamente en esta región los caminos eran algo mejores y llegue a las 5 de la tarde a Acayucan, donde estuve ocupado por dos días.

Luego seguimos a Jaltipan, donde había hecho un amigo el año pasado. Esta vez no me hospede con el, ya que supe que su papa se había enfermado gravemente.

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Hasta ahí contó en su carta anterior.


En lugar de esto me fui a la mejor y única posada, donde tuve la suerte de conocer a una joven muy simpática. Me servia una mujer, bastante morena pero bonita, y le pregunte si llamarla señora o señorita. Contesto “señora” y cuando me oyó suspirar “que lastima! “Exclamo muy alegre “!señor, soy viuda” . ¡”Que bueno!” Dije yo y pase unos cuatro días muy a gusto. Además me tome un día de descanso, ya que me gusto mucho ahí.

Están trabajando muy aprisa en el tren de Tehuantepec, que va de Coatzacualcos hasta Tehuantepec. Después de que quebró una compañía Americana, lo tomo una compañía Inglesa y trabaja a todo vapor. Por eso hay en la región muchos ingenieros, la gente gana buen dinero, así que el negocio es muy bueno y la sociedad muy activa. Además hay un gran lujo de bebidas. En cualquier changarro se encuentra champagne, vinos, cervezas de diferentes marcas, americanas y alemanas, Coñac, etc.

Desde Jaltipan me fui a Minatitlan, la meta final de mi viaje. En cuatro días había terminado mis negocios y luego “tuve” que flojear durante 15 días hasta que pasara un barco que me llevara a Veracruz, ya que me negué a regresar por el “hermoso” camino de tierra. Bueno, allá no sufrí de nada. Vivía, como el año pasado, en casa de Mr. Leetsch, un millonario americano, quien tiene una compañía de exportación de madera y es buen cliente de nosotros. Tiene una hermosa casa muy grande, sencilla pero muy cómoda. En la primera planta se encuentra la oficina, el almacén y el comedor, alrededor de la casa, con excepción del frente, se extiende un precioso jardín. En el piso superior se encuentran las recamaras y estancias, todo esto arreglado de manera muy cómoda y acogedora. En torno de la casa hay un balcón, mas bien una veranda, con varias hamacas y por la parte trasera se ensancha hasta formar una terraza. A toda hora hay una mesita con diversos vinos, aguardientes y agua cristalina. También hay varias mecedoras cómodas y celosías que lo protegen a uno del sol. Del otro lado de la calle se encuentra una casita que alberga la cocina, los sirvientes y a un lado esta el establo.

Ahí lleve una vida señorial. A las 7 de la mañana me levantaba, tomaba mi café y leía el periódico; a las 10 salía a dar una vuelta a mis clientes que tienen la costumbre de invitarte a una copa, ya sea de vino, vermouth, algún licor o cerveza! Así que tenia que visitar por lo menos 6 cada mañana! A las 11 regresaba a casa a desayunar. ¡Cocina finísima y los vinos por el estilo!. Después me acomodaba en alguna de las mecedoras a leer, la biblioteca tiene libros en todos los idiomas, con los que pasaba toda la tarde. A las 5 cerraban la oficina y ya habían ensillado dos hermosos caballos, uno para el joven Leetsch, mas o menos de mi edad, y el otro para mi. Entonces dábamos un paseo por bosques y campos, que son grandiosos allá y regresábamos hasta las 7 para la comida. Después de comer nos sentábamos en la terraza hasta las 10 de la noche…A veces paseábamos a lo largo del río, que se encuentra a unos 100 pasos de la casa. ¡Así me gusta la vida! Allá hice en estas idas algunos buenos amigos, y siento mucho que no los tenga conmigo ahora, ya que aquí es una desgracia en lo que se refiere a amigos.

Mas lo sentí cuando un buen día llego un miserable, minúsculo, desvencijado barquillo, con la orden de ir con el a Veracruz. No sirvió de nada lamentarse, al día siguiente hice mi maleta y me embarque. A las 3 de la tarde dejamos Minatitlan y a las 5 estábamos en la boca del río Coatzacoalcos. Ahí anclamos durante la noche, ya que había que tomar carga el día siguiente. A las 12 del mediodía habían terminado de cargar y nos hicimos a la mar.

No vale la pena contar nada del barco. Ni para remedio contaba con una recamara, un salón o cualquier comodidad, además era espantosamente mugroso. Estaba destinado al transporte de ganado por la costa, pero como no había otro en el cercano futuro, no me quedo otra que tomarlo, junto con algunos camaradas de infortunio. En la noche me encontré una silla rota, siquiera tenia respaldo. Era el non plus ultra de comodidades. La arregle lo mejor posible y donde no entraban los clavos la amarre con un mecate y me busque un lugarcito en la popa para pasar ahí la noche.

Por ningún precio del mundo me hubiera bajado a la bodega, mejor dicho establo, donde habían puesto unos catres para nosotros. Habíamos recorrido como la mitad del camino y al final estaba dormido en mi silla, cuando me despertó una brusca sacudida. ¡El barco estaba parado, el capitán, el timonel, el maquinista, todo mundo corría atropellándose buscando la causa - ¡se había roto la hélice! Como teníamos el viento de frente, sin pensarlo dos veces dimos la vuelta, izamos las velas y regresamos veleando hasta Coatzacoalcos!.! A las 8 de la mañana llegamos justo de donde habíamos zarpado. Allá nos metieron al muelle seco, lo que para mi fue totalmente nuevo y muy interesante y repararon la hélice. A las 8 de la mañana siguiente volvimos a partir, esta vez con más suerte. Después de un viaje de 24 horas estábamos ante Veracruz. Era un Domingo fresco y hermoso.

Minatitlan 4 de Agosto de 1889

MINATITLAN, 4 de Agosto de 1889

..En el momento de salir de la casa a las 11, paso el tren de caballos* que me dejo en la estación.. Subí y partimos inmediatamente!

Me fui hasta Medellín y desde ahí por tren de caballos a Alvarado, adonde llegue en la noche. La mañana siguiente seguí con el barco río arriba hasta Tlacotalpan, donde estuve ocupado unos días. Luego alquile una canoa, que es una lancha muy usada aquí, angosta y muy larga, con la que viaje 20 horas por el río San Juan! Caray, este Domingo no lo voy a olvidar nunca! ¡Desde las 3 de la mañana hasta las 9 de la noche, apretujado en esta canoa, donde no me podía mover ni a

la izquierda ni a la derecha! Estaba acurrucado debajo de un toldo, bajo un espantoso solazo todo el día. La comida la cocine yo con ayuda de los dos lancheros y los mosquitos. ¡Te juro que en estos momentos pierdo todas las ganas de viajar! **

Mi único solaz este día era una botella de Coñac y un paquete de periódicos. Así que a las 9 de la

noche llegue a Alonzolazaro, adonde había citado por telégrafo desde Tuxtla un mozo y caballos.

Allá pase la noche en una caballeriza, acostado sobre una tabla cubierto con la piel de un buey. A la mañana siguiente le deje mi equipaje a un arriero para transportarlo con mulas a San Andrés Tuxtla. Yo con el mozo tomamos camino a Tuxtla a caballo, donde llegamos a las 5 de la tarde. Como los arrieros no pueden recorrer demasiada distancia en un día, tuve que esperar al mío y pude descansar. Ya había estado ahí el año pasado, así que conocía a algunas personas y la pase muy bien. Además hice una excursión con algunos amigos al “Gran Salto de Catemaco”. Es una cascada fabulosa mas o menos a dos horas de San Andrés. Ahí este río Grande se parte en tres brazos que caen de una altura de 50 o 60 metros con gran estrépito en una barranca, para luego seguir como una cinta de plata espumosa. Primero admire esta maravilla desde arriba, luego trepe por el muro vertical hasta el fondo del barranco que esta completamente lleno de vapor de agua. El espectáculo era tan cautivador que no me cansaba de admirar esta belleza. Estaba tan absorto en mis ensueños, que no me di cuenta como encima de mi se juntaron nubarrones negros y solo desperté cuando me cayeron grandes gotas encima. Por cierto ahora, durante la época de aguas, no pasa un día sin que llueva. Trepe lo mas rápido que pude adonde mi compañero se había quedado con los caballos, quien me recibió con un torrente de recriminaciones. Naturalmente llegamos completamente empapados de regreso a San Andrés.

Desde ahí me fui por unos caminos tan terribles como no te puedes imaginar, a Acayucan y desde ahí a Jaltipan. De Jaltipan me vine hasta aquí, donde llegue hoy hace ocho días. Todos los negocios los cerré durante Lunes y Martes y desde entonces dedico todo el día a comer, beber, pasearme, leer y escribir cartas. Hoy en la noche se supone que va a llegar un barco costero, el que me llevara el Lunes de regreso a Veracruz. Espero que entonces ya no me manden tan pronto de viaje. Estoy harto. Veracruz me gusta mas que nada, a pesar del terrible clima y los derredores tan feos….

· Los trenes de caballos son eso: son tranvías o trenes jalados no por locomotoras sino por caballos. Son anteriores a los tranvías eléctricos y se usaban en paisajes demasiado difíciles para locomotoras.

· Un viaje parecido menciona ya en una carta del 16 de Agosto 1888, un año antes, así que no puede ser el mismo viaje, pero si la misma travesía.

Monday, July 11, 2005

VERACRUZ - TULANCINGO

VERACRUZ,, 8 de Diciembre 1888

…….El Lunes por la mañana tuve mucho que hacer y a las 11 salí en tren a Medellín, adonde llegue como a las 12 o 12:30. Hay una especie de sala de espera, es una choza de madera rodeada por una terraza en medio de muchas palmeras, donde festeje el cumpleaños de Elena y brinde a vuestra salud. Luego seguí a la una con el tren de mulas. Íbamos por un camino tan angosto que justo cabían los carros. Toda la tarde atravesamos bosques de hermosos árboles, exóticas plantas y flores, hasta que a las 6 de la tarde llegue a Alvarado. Ahí tuve que pasar la noche. Para mi sorpresa me encontré un precioso hotelito, aunque por dentro no tan acogedor, pero situado bellamente junto a un gran lago. Me dieron el mejor cuarto con balcón con vista al lago.. No exagero cuando diga “el mejor cuarto” ¡era el único que tenían! Pero como había otro cliente, tuve que compartirlo con el.. Este era un típico indio mexicano, que al principio me pareció bastante silvestre, pero durante la platica resulto que era de un poblado al cual tenia que ir durante este viaje. Amablemente me invito a quedarme en su casa, ya que allá no había ni hotel ni posada, así que procure hacerme su buen amigo. Alvarado esta separado del mar solamente por una montaña pelona de arena. Subí esta duna – todavía antes de la puesta del sol – lo que me costo mucho trabajo, pero fui compensado ampliamente por la vista que se me ofreció desde ahí arriba. Por un lado el mar brillaba como oro pulido bajo el sol poniente, del otro estaba la pintoresca ciudad de Alvarado, en la orilla de un lago. A este desembocan, justo enfrente, dos grandes ríos. No me pude separar de este hermoso lugar hasta que se había puesto el sol y repentinamente oscureció., Como ya me sentía algo cansado y no tuve ganas de bajar caminando por la arena en la oscuridad, simplemente me senté y baje como en una resbaladilla. ¡Que mas da, pensé, el pantalón viaja por cuenta de la compañía!
Después de una cena muy pobre pase la noche en un sueño tan profundo, que no desperté hasta que mi compañero de cuarto salto de la cama con el grito “! Esta pitando el barco!”. Nos atropellamos con las prisas de vestirnos y bajamos corriendo hacia la orilla del lago, donde nos subimos a un barquito del tamaño de los que viajan por el Rhin. En este cruzamos el lago y subimos por uno de los ríos mencionados ----
Era un viaje maravilloso en la frescura de la mañana. El río era ancho, con bosques que llegaban hasta sus orillas: ahí vi por primera vez verdaderos cocodrilos, quiero decir en libertad, que había en gran cantidad. Así llegue a las 11 de la mañana a Tlacotalpan con un verdadero “hambre de cocodrilo". Era la primera meta para mis negocios. Ahí me separe de mi nuevo amigo, quien siguió su camino a caballo.
Cerca del muelle donde atraco el barco encontré un buen hotel, ya que Tlacotalpan es una ciudad grande y comercialmente muy importante. Desayune con ganas y muy bien y luego me puse a trabajar arduamente, con buenos resultados.Cuatro días después continúe el viaje, sentado todo el día en una angosta canoa. Viajamos río arriba a través de una hermosa noche de luna llena. A la 1 llegamos a Alonzolazaro donde, con mucho trabajo, encontré un albergue para el resto de la noche. El día siguiente fue de descanso, naturalmente, porque estaba hospedado muy a gusto en casa de una joven viuda. Busque animales y mozos para poder seguir mi viaje al día siguiente. Levante campamento a las 3 de la mañana. El primer tramo del camino lo hice otra vez a bordo de una canoa, ya que durante las lluvias muchos ríos habían crecido y salido de sus causes, inundando los caminos y prados. Como a las cinco de la madrugada me bajaron en la orilla de un bosque, los caballos y mulas nos habían seguido a nado. Ensillamos, cargamos a las mulas y proseguimos. Primero atravesamos grandiosos bosques, después hizo un calor asesino y a medio día llovió. Naturalmente estaba empapado hasta los huesos cuando llegamos a las 3 de la tarde a San Andrés Tuxtla.
San Andrés es una ciudad bastante grande, típicamente mexicana, importante por su comercio de café y tabaco. Ahí se da el mejor tabaco mexicano, que me gusta más que el de Habana. Me quede unos 5 días. Hacia mucho calor, cada mediodía llovía y los negocios fueron aceptables. Ahí festeje mi cumpleaños con una familia española, lo cual, creo, ya les conté en la carta a Mama. Desde ahí llegue en dos días de marchas forzadas a Acayucan. El primero de estos dos días es inolvidable, difícil de describir. Creo que fue el día más bello de todos mis viajes.
Salí a caballo de San Andrés Tuxtla, temprano en una mañana fresca y deliciosa. Atravesamos plantaciones de tabaco y café, hasta llegar, después de 2 horas, a un gran río. Ahí tuvimos que desmontar, descargar todo y me subí con mis tiliches a una lancha. Jalando a los animales detrás de nosotros cruzamos el río. En el otro lado volvimos a ensillas y cargar a las bestias y seguimos por impresionantes barrancas, sensacionales selvas, no tan primitivas como las del Brasil – pero también grandiosas. Por horas y horas el camino serpenteaba alrededor de gruesos árboles muy altos, con las copas tan cerradas que no se veía nada del cielo.; muchas veces me sentía como en una iglesia. El ambiente era fresco, impregnado de las fragancias de miles de flores. Las voces mas extrañas de aves exóticas llenaban el ambiente. También estaban presentes los papagayos con sus horribles graznidos, ardillas saltaban de un tronco al otro y mariposas de los colores y formas mas extrañas revoloteaban constantemente a mi rededor.

En fin, es muy difícil que te puedas hacer una idea de una selva mexicana como esta. Aunque yo prefiera nuestros bosques alemanes, estos también tienen su gran encanto. A la puesta del sol salimos del bosque a un prado muy extendido, lleno de vacas, bueyes y caballos pastando. A lo lejos había un cerro en cuya cima se veían unas casas y una torre. Esta era la hacienda” Corral Nuevo.” A ella me dirigí para pasar ahí la noche.” Hacienda “se llama lo que nosotros llamaríamos rancho señorial y esta era la mas grande de México. Tiene mas o menos 20 millas de largo por 20 de ancho, tiene mas de 30,000 cabezas de ganado – hasta donde sea posible contarlos – ya que hay miles escondidos en los bosques, completamente salvajes, que ya no salen nunca de ahí. Durante las secas cada año mueren unos 500 reses de hambre y de sed, lo que no importa para nada, ya que el año siguiente se duplican o triplican nuevamente. Este “Corral Nuevo” consiste en la casa señorial del dueño y de un pueblito, donde viven los trabajadores. Mi guía me recomendó una familia de carpinteros, que atienden muy bien a los forasteros. Fui ahí y me recibieron muy amablemente, pero no había cama, lo único que en este momento mas se me antojaba. Aunque el dueño me ofreció la suya, preferí probar una hamaca hecha en Campeche que había comprado afortunadamente en San Andrés. La colgué afuera y pase una agradable noche de luna llena. A las 4 de la mañana siguiente nos preparo la señora un rico café y seguimos adelante. Al principio otra vez muy a gusto en el aire fresco de la mañana. El camino también era agradable, pero a las 10 ya empezó a llover y no paro hasta que llegue a las 4 de la tarde, completamente ensopado, a Acayucan. Allá encontré en la posada un cuarto aceptable y lo mejor de todo ¡cerveza de San Luís!
Acayucan es un poblado importante, venido a menos por malas cosechas de café y tabaco durante los últimos años. Por eso el negocio no era muy bueno y estuve contento de poder dejarlo después de 3 días.
De ahí me dirigí a Jaltipan. También esta parte del camino era fabulosa, a través de tierra de monos. Pase por una selva, donde las lianas colgaban en manojos gruesos desde las ramas mas altas de los árboles. Y en medio de las ramas y lianas retozaban changos y changuitos, que eran tan graciosos, que muchas veces me quede parado, admirando el espectáculo. En esto paso una bandada de papagayos volando y me despertaron de mi ensueño con sus insoportables gritos. Desafortunadamente había mandado a mi guía que se adelantara con las mulas, sino le hubiera pedido que me cazara un changuito de estos para ti, para mandártelo. Eran tan lindos!
Jaltipan es un villorrio espantoso y mas horrenda es su población. La gente debe pensar que viven en el paraíso, ya que andan por ahí en traje de Adán y Eva, sin apenarse en lo mas mínimo. Sin embargo la gente es rica, tienen dinero, ya que todo se da allá: su tabaco es famoso, hay café, algodón, maíz y arroz, además tienen muchos animales. Llaman la atención sobre todo los puercos, los que corren en grandes cantidades por todos lados. Y eran verdaderos puercos que hacían honor a su nombre, Estos animales se revolcaban en los lodazales hasta que parecían frutas cubiertas de chocolate! Allá en Jaltipan vivía aquel “amigo” que conocí en Alvarado. A mi llegada me hice llevar a su casa y lo honre con mi visita. Sus padres, unos viejos en los 70s, estaban fuera de si de gusto de poder albergar a un Alemán y me trataron como realeza. Así que pase con ellos unos días muy bonitos. El Domingo tuve que acompañarlo a ver sus plantaciones de tabaco y sus tierras. En la tarde fuimos con varios conocidos de cacería y cazamos un jabalí y dos venados. El primero nos lo cenamos luego, luego, de los últimos me regalaron las cornamentas. Ahora decoran mi habitación como perchas para mis sombreros.
Desde Jaltipan fui a Minatitlan, donde me tuve que apurar con mis negocios, ya que el día siguiente salía el paquebote para acá. Me embarque la tarde siguiente y viajamos toda la noche por el Golfo Mexicano, de manera que en la mañana llegue a casa.


TULANCINGO, 13 de Junio de 1889

…¿Quieres saber algo mas de mi viaje? Pero solamente puedo contarte poco, ya que tengo que escribir algunas cartas más.

El 3 de este mes salí de Veracruz y tome el tren hasta Irolo, desde donde debía seguir hasta Pachuca. Pero cuando llegue ahí me dijeron que antes de la tarde del día siguiente no había ningún tren para allá. Bueno, en este villorrio, donde ni siquiera había una posada y menos algo decente de comer y beber, no me iba a quedar a aburrir. Con relampagueante rapidez volví a coger mi tren y seguí hasta la capital de México, que se encontraba a solo tres horas de ahí. Allá llegue a las 8 de la noche, aventé mi equipaje en algún hotel y salí disparado, mugroso como había llegado, a buscar unos amigos, de los cuales no tenia ni siquiera la dirección. Después de media hora me tope de pura casualidad con el preferido de ellos y luego con otro que me valía mas que todos los demás: mi queridísimo cuñadito*, que estudia leyes en México. Así que pase este día tan contento que no me dieron ganas de proseguir viaje al día siguiente. También este lo pase adustísimo, luego hice una visita “de doctor” a nuestra oficina y el segundo día pensé que ya debía irme a Pachuca. Tome el tren y llegue allá en la tarde. Es una región preciosa, con muchas minas de plata. Por casualidad conocí a un alemán, el Sr. Brenda, quien es el director de una de las minas mas grandes de ahí. Entonces me tome un día libre, el que pase casi por completo con el en su mina. Anteayer seguí con una diligencia destartalada hasta aquí.
Aquí se termina toda señal de civilización: correo, diligencia, tren, no hay nada. Hay que seguir a caballo y mula hasta Zacatlan, Zacapoaxtla y Texintlan. Ahí llego a tierra conocida donde ya estuve el año pasado, si te acuerdas, en Altotonga, Jalapa, Coatepec etc.

¡Quisiera haber llegado ya


Sobre el rio San Juan

SOBRE EL RIO SAN JUAN, 16 de Agosto de 1888

…Estoy enchufado aquí en una canoa, de mas o menos 18 m de largo por 1 m de ancho, encima hay un techo para protegernos del sol. Cada vez que me quiero mover golpeo con mi cabeza en el. Estoy sentado sobre una sillita de niños con todas las cualidades para ser la incomodidad personificada. Mi maleta la tengo parada delante de mi a guisa de escritorio, y sobre ella estoy escribiendo esta carta.

¡En esta posición me he balanceado ya por 6 horas ¡ Ya leí una novela española, he leído todas las historias de los pleitos y la enfermedad del emperador Federico. Esto me aburría terriblemente por haberlo oído ya muchas veces últimamente, pero estaba demasiado curioso como para saltarme un renglón.
El Sábado había llegado a Veracruz y el Lunes en la mañana a las 11 tuve que salir otra vez. En este corto lapso naturalmente hubo mucho que hacer y que hablar.

En este momento, subiendo el río de San Juan, me encuentro embarcado en un viaje, saliendo de Tlacotalpan, donde hice muy buenos negocios. Voy a Alonzolazaro, para ir mañana desde ahí a caballo hasta San Andrés Tuxtla. Pero no quiero demorar mas en contar este viaje, sino contarte el anterior, antes que se me olvide.

Aquella vez me mandaron con tal premura que ni siquiera tuve tiempo de informarme sobre los trenes. Así que el Domingo iba por tren, por el mismo hermoso camino que hice el año pasado a Puebla; esta vez solamente iba hasta San Marcos. De ahí debía tomar un ramal hacia San Juan de los Llanos. Pero cuando llegue a las 3 de la tarde, me informaron que no había tren para allá hasta el día siguiente. ¡Tampoco había hotel ni fonda, hubiera tenido que pasar toda la noche en la sala de espera! ¡Esto me pareció demasiado duro! Pero este ramal sigue en dirección opuesta hasta Puebla y un tren salía dentro de 5 minutos. ¡No lo pensé dos veces! ¿Qué era mas natural que tomar este tren con el que estaba en Puebla hora y media mas tarde? Ahí pase una bella tarde de Domingo con buenos amigos y la noche también.A la mañana siguiente tome el tren a San Marcos y de ahí a San Juan, adonde llegue a la una del mediodía. Ahí tuve que pasar la noche para salir la mañana siguiente con el carro del correo. ¡Que carro! Parecía una de estas viejas calesas que se ven allá en los castillos, con dos asientos traseros y dos delanteros, jalada por 8 a 10 mulas.
A las 2 de la mañana salimos, con mucho frío, ya que nos encontrábamos a gran altura. Otra vez me fue de gran utilidad mi viejo abrigo militar. Así seguimos nuestro camino, al principio a través de la noche, después pasamos por hermosos bosques de coníferas. Cuando se hizo luz, pude conocer a mis compañeros de viaje: se componían de una linda mamacita y su mucho mas linda hijita, de unos 16 años, de hechura campesina, pero muy dulce. Al rato saque mi desayuno y lo compartí con ellas; entonces nos hicimos buenos amigos. Así seguimos, con una corta parada, solo para cambiar los animales, hasta mediodía. El camino era casi siempre cuesta arriba, ya que teníamos que cruzar una cordillera. A partir de las 11 era de bajada. ¡No tienes idea como íbamos! ¡El camino era indescriptible, no te lo puedes imaginar! Ni en nuestra región, ni en toda Alemania, hay nada semejante. Eran casi únicamente rocas y peñascos juntados lo mejor posible. Donde se componía de tierra, había profundos surcos dejados de ruedas anteriores. Luego pasaba a lo largo de un espantoso abismo, donde hacia 15 días, en medio de un torrencial aguacero, se desbarranco un carro con el carretonero y 6 pasajeros. ¡Todos estaban muertos al llegar al fondo! Ahora tiene que acompañar un hombre al carro, corriendo al lado opuesto, sosteniéndolo con una soga que esta amarrada en la parte superior. Declare que esto era una insensatez – como tu seguramente también hubieras dicho. Este comentario mío cayó en tierra fértil, ya que deje de ver al tipo brincando junto al carro. ¡Se había sentado muy a gusto en la parte de atrás. Te puedes imaginar que, bajo semejantes circunstancias, no íbamos mucho tiempo sentados en los asientos; rebotábamos constantemente en el aire y pronto no sabíamos lo que era abajo ni arriba. Cuando la cosa iba calmada, hazte cuenta que ibas montando a trote o galope. Pero repentinamente volabas a la derecha, a la izquierda, pa´rriba, pa´bajo como pelota. A ratos las dos damas amenazaban con aplastarme con tantas ganas caían encima de mi. Con esto la linda chiquilla se mareo, y me dio tanta lastima, que les ofrecí sentarme en medio de las dos, para que se agarraran de mi, lo cual aceptaron agradecidas. Me cambie al asiento de atrás y atranque las piernas contra el delantero. La mama no me interesaba tanto, pero se agarro de mi brazo con desesperación. En cambio la pequeña Manuelita, la abrace con gran ternura y la sujete fuertemente contra mi corazón. Ella parecia sentirse muy a gusto, ya que pronto le subió el color a sus mejillas. Así la pase bastante bien. Algunas veces salíamos disparados los tres al aire, como si hubiera explotado un polvorín debajo de nuestros asientos, pero aterrizábamos siempre juntos y ya no rebotábamos tan locamente.
A las tres de la tarde llegamos al fin a Teziutlan, mas muertos que vivos después de un viaje de 12 horas. Afortunadamente encontré una posada decente, buen cuarto y la comida pasable, donde me repuse pronto del viaje. Teziutlan es un pueblo bastante grande, construido sobre las pendientes y lomas de varios cerros. Por lo general son casitas y chozas pequeñas y la gente es muy amable. El negocio no estuvo muy bueno, como ya les platique la última vez, por la mala cosecha de tabaco. Para el viernes ya había terminado y seguí a caballo a Altotonga. Es mas chico que Teziutlan, pero mucho más amigable.
Las ventas fueron excepcionales e hice unos buenos amigos muy simpáticos. Lo malo era que la posada de allá es espantosa y la comida una porquería.
Tenemos ahí clientes muy buenos y amables. Uno me invito una vez a comer, eso estuvo muy bien. También conocí a un cura que hablaba bastante bien alemán. En el año 78 había estado en Alemania por algunos meses. Era un hombre de unos cuarenta años, la cara era lisa sin una arruga y la cabeza igual. Era sonriente, platicador y alegre, no parecia cura. Nos hicimos buenos amigos. Nos veíamos casi a diario y el ultimo día todavía lo visite para despedirme. Ya no me quería dejar ir, me enseño toda su casa, su biblioteca, donde hay un apartado con pura literatura alemana, que lee a diario. Me dijo que sentía mucha simpatía para con Alemania y que el próximo verano quería volver allá. Quiere acompañar a unos amigos para enseñarles este país maravilloso. Me prometió que entonces iba a visitarlas a ustedes si fuera posible. Al final todavía me presento a su hermana, una preciosa muchacha de unos 22 años, alta, fuerte, sanota, con pelo negro como el carbón y los ojos del mismo color, pero de complexión muy blanca con las mejillas coloradas como manzanas. Era muy amable y cariñosa, así que naturalmente ya no tenía tanta prisa en despedirme y mi visita se alargo por más de 2 horas. Durante estas platique y me reí como hace tiempo que no lo hago. Cuando al fin tuve que partir, me grito todavía desde la puerta que, cuando yo regresara, mi primera visita tuviera que ser su casa.

Podía tomar dos caminos: ya fuera regresando a San Marcos y desde ahí a Veracruz, o uno algo mas largo por Jalapa. Naturalmente preferí el segundo, para volver a ver mi querida Jalapa. Después de haberme despedido de mi cura y su hermana, me fui a caballo hasta Cruz Blanca, por el camino de la diligencia, para seguir con esta al día siguiente hasta Jalapa. A las 8 de la noche llegue con un tremendo dolor de muela, que me hacia ver bizco. Esta Cruz Blanca no es mas que un ranchito minúsculo con 5 chozas de madera. Uno de los rancheros me dio posada misericordiosamente. Para poder dormir y anestesiar el dolor me emborrache con aguardiente puro, la única bebida decente que pude conseguir. Me acosté tal cual estaba en una “cama” por demás primitiva. Pero no pude dormir. Tuve mucha fiebre; después de un sueño eterno desperté y pensé, gracias a Dios , pronto va a amanecer. Mire el reloj y ¡apenas eran las 10:30 de la noche! Desesperado me volví a tirar en la cama y la fiebre volvió a hacer presa de mi. Vi una inmensa cantidad de figuras nebulosas a mi alrededor, eran del tamaño de niños con cabezas redondas y lisas, como “Kloese”*. El día anterior estaba acordándome mucho de los que hacia Helena con Chucrut, por eso se me presentaron en los sueños. Cuando les decía a estos niños nebulosos ¿qué quieren? ¡No lo puedo llevar a todos en la diligencia, apenas hay lugar para mí! Asentían con sus cabezotas, saltaban a mi alrededor con unas risotadas burlonas, saltaban sobre mi, que de susto y desesperación me corría el sudor por todo el cuerpo. A cada rato despertaba, miraba el reloj y seguía oyendo las risotadas de los “Kloese”
A las 4 ya no aguante mas, me levante con cuidado, me puse mi abrigo militar, amarre un pañuelo alrededor de mi cachete hinchado y salí a la calle, donde apenas apuntaba el alba. En la oscuridad busque el camino al próximo cerro, donde había una gran cruz blanca y me senté a esperar la salida del sol.El amanecer fue tan espectacular que hasta mi dolor de muelas se me quito. Cuando me mire ya con luz de día pude ver mi cachete tan hinchado que no necesitaba espejo. Bueno, a las seis y media debía llegar la diligencia, a la que esperaba con una mezcla de esperanza y temor. ¿Qué me traería? Pero antes de esto la buena mujer de la casa se apeno de mi y me hizo una taza de “café”; hasta el día de hoy no se que es lo que me sirvieron. Imagínate una mezcolanza de hierbas silvestres, doble amargo de angostura, revuelto con cola y gelatina de grosella, rebajado con agua de lavar trastes! Entonces tienes una idea a que sabia. ¡Espantoso! Pero por lo menos era caliente.En esto llego la diligencia y me adelante un poco, para ver que clase de compañeros de viaje me iban a tocar…¿tal vez otra hijita mareada?…!estaba vacía!
Mientras subían mi equipaje, deje mi maletín de mano en un rincón y me acosté a mis anchas sobre el asiento con la intención de recuperar el sueño perdido en la noche. El cochero chasqueo con la lengua, las ocho mulas dieron un jalón y ¡zas! me fui de cabeza contra la esquina de enfrente. Bueno, una es ninguna, y me volví a acostar.En esto de repente se me cayo el sombrero en la cabeza. Estaba mirando hacia arriba y me fije que los soportes superiores estaban tan desvencijados que con cada brinco se balanceaban de atrás para adelante y así me habían tirado mi sombrero. ¡Esto era demasiado! Ni pensar en seguir durmiendo! Me senté y me agarre de los lados, con un miedo mortal, porque creía que en cualquier momento toda la caja se pudiera derrumbar, que llevaba encima mis dos maletas. Afortunadamente llegue con bien a Viajas, adonde subieron dos hombres y dos mujeres no muy jóvenes pero bastante simpáticas. De manera que ahora seguí por este espantoso camino en agradable compañía. No te puedes hacer una idea de las carreteras y los transportes de México. Si llame a la del otro día mala, le hice una gran injusticia. Era un pan con mantequilla comparado con esta y aquella calesa el dulce encima del pan, comparado con la de hoy. Como es que no se marearon aquellas dos damas te contare enseguida. No tuvieron tiempo. Habíamos viajado como una hora, eran las 10 de la mañana, cuando nos sacudió un golpe tremendo, todo mundo azoto contra mí que creí que me habían roto las costillas. Pero lo que se había roto era una rueda del carro. ¿Qué hacer? ¡Reparar la rueda era imposible!¡Había que regresar hasta Perote, de donde había salido el carro a las 2 de la madrugada, para conseguir otra rueda u otro carro. ¿Y nosotros? ¡Nosotros tuvimos que caminar dos horas hasta el próximo pueblo! Por la larde, como a las 4 o 5 nos recogerían ahí – era un pueblucho horroroso de 12 o 15 chozas. El dueño de una tiendita me presto un colchón y me acosté a dormir, era todo lo que ansiaba con mi cachete hinchado. Se hicieron las 4, las 5, 6, 7, 8, 9…y nuestra diligencia no llegaba. Entonces decidimos que cada quien se buscase alguna choza donde lo dejaran pasar la noche, ya que el carro aparentemente no venia. Yo me quede con mi tendero y su mujer compasiva. Con la ayuda de unos costales de heno y paños me fabrico un lecho encima del mostrador, sobre el que me acosté vestido, tapándome con mi fiel abrigo militar. Estaba a punto de quedar dormido, cuando toda la familia: 2 adultos y 5 niños que dormían todos en la tienda, gritaron ¡la diligencia!!! Yo salte del mostrador, me puse las botas y salí: ¡ahí estaba realmente, con antorchas de brea. Como a una señal aparecieron los demás. Entonces seguimos entre sacudida y traqueteo hasta que a las dos y media llegamos a Jalapa.
El hotel “la Diligencia”, donde me había hospedado anteriormente, estaba lleno. Deje encargado ahí mis maletas y me fui a otro, donde conseguí con mucho trabajo un cuarto. Y cuando al fin me había acurrucado confortablemente en mi cama, pensé que seria inhumano volver a levantarme a las 6 de la mañana para seguir a Veracruz. Mejor me tomo un día de descanso aquí y me repongo de las penalidades pasadas. En Veracruz de por si no iba a tener ocasión de descansar., Así lo hice. Me quede en cama hasta las 10 de la mañana. Luego le di una vuelta a nuestros clientes, desayune a las 12 y me senté en el jardín del hotel para leer. Entonces me acorde de mis maletas y decidí echarles un ojo. Me fui muy contento al hotel - ¡cuando me tope con la corpulencia de nada menos que el Sr. Mertens! Plantado en el pasillo. Me dijo, pelando tamaños ojos. ¡“aquí esta usted! Hoy en la mañana me sorprendió ver sus maletas y de Vd. ni sus luces!” Pues mis maletas me habían delatado, no había manera de inventar excusas. Le conté que me había quedado a descansar y que estaba feliz de encontrarlo porque se me había acabado el dinero y necesitaba 10 dólares. Pues ¡me los dio! Y después de saludar a su familia, que se encontraba ahí para pasar el verano, me despidieron con benevolencia.
Al día siguiente, a las 7 de la mañana me subí al tren de mulas sobre rieles,** tome en Rinconado su famoso y riquísimo desayuno y llegue a las 5 de la tarde a Veracruz, muy contento y con el cachete desinflado.

“Kloese” son unas albondigas de papa grandes que se hierven en agua y acompañan carne y

chucrut.**Tren de mulas sobre rieles: es un tren jalado por mulas.

Wednesday, July 06, 2005

Veracruz, 26 de Junio 1888


El Lunes todavía tuve que hacer en Coatepec, en donde tenemos unos clientes muy simpáticos. Además conocí al Sr. Roberto, un Franco/Suizo quien hablaba bastante bien alemán y quien se porto muy bien conmigo. Tiene una enorme fábrica de café, con muchas maquinas para limpiar y separar los granos, las que me enseño y explico minuciosamente.
A las 6 de la mañana siguiente me prepare para salir hacia Tocelo. Tenia dos maletas grandes con muestras, cada una iba sobre un burro, en el tercer burro iba montado un cuarto, que era mi mozo, y yo orgullosamente a caballo, seguía a esta pequeña caravana de burros. Era un caballo mexicano hermoso, nunca en mi vida había montado uno tan precioso: pertenecía al Sr. Roberto, quien me lo había prestado. Así que, montado en un caballo tan fabuloso y con un panorama tan impresionante, te puedes imaginar que hacia mucho tiempo que no me sentía tan a gusto.

El paisaje era maravilloso, aunque el camino no tanto, ya que, si no iba cuesta arriba, iba para abajo, pero siempre a través de bosques y sembradíos. Había arroz, maíz, tabaco y café a montones y como el café estaba floreciendo, muchas veces desde la loma de un cerro podía ver las laderas blancas de tanta flor. He tratado varias veces de prensar estas flores para poder mandártelas, pero no es posible. Es una estrella carnosa y gruesa que se rompe inmediatamente cuando se le presiona.
Pero te mando una vaina de vainilla que coseche en Jalapa. Desgraciadamente no estaban en flor, dicen que es algo maravilloso el aroma que despide un sembradío de vainilla. Crecen como nuestro lúpulo, se trepan por unas estacas que se les ponen para que se apoyen y las vainas cuelgan como las del lúpulo. A estas se les corta verdes y el proceso del secado al sol las vuelve tan negras.
Seguimos adelante. Al fin llegue a una “barranca”, de las que hay muchas en este país, cuyo paso es temido por todo el mundo. Se trata de un profundo abismo por cuyo fondo pasa bramando un río. Cuando llegue a esta barranca pensé:”bueno, nunca le he temido a un obstáculo montado en un buen caballo, pero esto si mejor me lo echo a pie!” El camino bajaba casi verticalmente pegado a la pared. Ya me iba a apear, cuando me avergoncé de mi mismo y me dije:”lo que otros pueden, yo también!” Pique mi caballo con las espuelas y seguí adelante. La vereda forma serpentinas tan empinadas que parece imposible que por ahí pudiera pasar un caballo y menos un burro con carga. Pero es admirable con cuanto cuidado caminan, como prueban cada paso antes de darlo. Así seguimos por una espantosa media hora, cada vez mas abajo. ¡Pero que premio te espera cuando llegas al fondo!

Sobre el río colgaba un puente medio derruido. En este me quede parado por casi media hora para descansar y admirar el espectáculo. Bajo mis pies rugía el río con un estrépito que hacia imposible oírse a uno mismo, como las cataratas del Rhin. Encima de mí colgaban helechos gigantescos, cuyas hojas eran tan largas y anchas como un hombre. En donde había un puñado de tierra, crecía un árbol, y por entre este verdor hermoso y fresco crecían flores de todos los colores imaginables! En medio asoman unos peñascos que amenazan a cada momento con caerte encima y enterrarte vivo. Lo que le da el toque pintoresco a todo esto son las muchas cascadas por doquier. Como en la época de aguas llueve mucho, los ríos vienen con un gran caudal. He visto cascadas tan anchas y bellas como la de Drusen en Thuringia, pero todavía más altas. ¡Ah, como me hubiera gustado quedarme mas tiempo! Pero ya casi era mediodía y se estaban juntando nubes negras. Me habían recomendado no mojarme, así que me apure en seguir adelante.
Subimos por la pared contraria sobre otro camino igual de terrible, luego pasamos por sembradíos, cruzamos otra montaña bastante alta y finalmente, hacia las 12, llegue a Tocelo.
Es una ciudad – allá diríamos pueblo como el de G., solo a la mexicana. Las casas son de madera y la única abertura es un hueco causado por la falta de una tabla en la pared : esta es la puerta por la que uno se desliza como puede. También hay rancheros ricos con casas de material y la iglesia es muy bonita. Como no hay hotel ni posada, tuve que encomendarme a la hospitalidad de un cliente mío. Fui con el, me presente y me acogió muy amablemente.
Después de desayunar sabroso y con un apetito feroz, desempaque mis muestras y para la noche ya había colocado un sustancioso pedido. Estaba muy satisfecho. ¡Con que gusto anticipe esta noche de descanso! Como de mis otros dos clientes uno estaba enfermo y el otro de viaje, hubiera podido regresar inmediatamente a Coatepec. Pero no había de ser así.
A las 8 de la mañana tuve que unirme a una procesión a través de la ciudad: era la fiesta de San Antonio, patrono del pueblo. Primero me apene mucho, pero no estuvo tan mal y hasta me divertí. Lo que estuvo mejor y me gusto todavía mas, fue el opulento desayuno mexicano que degustamos después de tan trabajosa mañana. Ahí nos quedamos hasta las 11, cuando ya no soporte mi impaciencia y prepare mi regreso.
¡Que diferente lucia esta hermosa barranca hoy! Estaba oscura y siniestra y justo cuando cruzaba el puente empezó a llover! Esto era fatal: todo el tiempo había cargado uno de estos grandes impermeables mexicanos como muestra, para que me lo pusiera en caso de lluvia y nunca lo ocupe. Y ahora que lo necesitaba ya no lo tenia: se lo tuve que vender al cura de Tocelo.
Estos impermeables son una cosa muy rara: consisten en un pedazo de caucho o paño de hule de unos 3 m de largo por 2m de ancho, en cuyo centro se encuentra una abertura, por la que uno mete la cabeza. De esta manera cubre al hombre y la montura.
Por falta de otra cosa me envolví en mi fiel abrigo militar, que siempre me acompaña, pero no sirvió de nada. Hasta que había subido por el lado opuesto de la barranca, estaba ensopado. Aquí el agua cae como tirada con cubetas. ¡Y faltaban tres horas hasta Coatepec! Espolee el caballo todo lo que aguanto, sin embargo llegue mojado hasta los huesos.

Me cambie rápidamente de ropa, visite a mi amigo Roberto, quien a fuerza quería que me quedara esta noche con el. Pero me fui tan pronto pude a la estación de la diligencia y salí para Jalapa, adonde llegue a las 6 de la tarde.
Ahí tuve que atravesar toda la ciudad bajo una torrencial lluvia para procurarme un caballo, mulas y un mozo, para que me llevaran al día siguiente a Naolinco. A las 7 de la mañana salimos para allá.
Que caminata fue esta! ¡Dios me libre de tener que volver a recorrer este camino! Hay que pasar por tres cordilleras, aparte de subir por incontables cerros y bajar otras tantas cuestas. ¡Pero estas subidas y bajadas eran el triple de altas que nuestra barranca de ayer! Sin embargo aun estas infelices montañas tenían su belleza: estaban cubiertas de espléndidos y románticos bosques.
Los llanos estaban todos inundados, así que el caballo tuvo que buscar con gran cuidado su camino, nunca estaba seguro de lo que iba a pisar. Además tuve que cruzar tres riachuelos que con, las lluvias, se habían convertido en caudalosos ríos. Montado en mi caballo, me llegaba el agua hasta las rodillas. Continuamente temía por mis muestrarios, ya que las mulas apenas podían mantenerse en pie en la corriente. ¡Y eso todavía no era nada! Después hubo como un mar de peñascos, donde por una hora el caballo tuvo que saltar de uno al otro. Esta constante vigilancia que no pisara en falso, que no se cayera, me canso muchísimo y acabo con mis fuerzas. Cuando al fin habíamos pasado este pedregal y me veía confrontado con otra montaña altísima, busque desesperadamente alguna ayuda. Además ya eran las 12, el sol quemaba verticalmente sobre mi cabeza y no había probado bocado aparte del café y un pan en la mañana. Entonces vi, desde lejos, una choza de donde salía humo. Lleno de esperanza me apresure hacia ella, baje del caballo y metí la cabeza en la abertura que fungía como puerta. ¡Era como un milagro! Una preciosa negrita estaba parada junto al fogón, ay, una linda muchachita, solamente se distinguía de la bella Eva del paraíso por un enredo que llevaba alrededor de la cintura. Cuando le hable, salió una monisima mamacita negrita de un rincón, el papa afortunadamente estaba ausente.
Como esta gente es muy suspicaz y cerrada ante un extraño, tuve que usar de todo mi encanto y mi amabilidad, hasta que me permitieron entrar. Me senté sobre un tronco y trate de hacerles entender a las damiselas de la manera mas rápida, que me estaba muriendo de sed y de hambre, Mientras tanto también llego mi mozo, a quien los mismos sentimientos habían guiado hacia la chocita. Entonces nos sirvieron la comida nacional mexicana: tortillas – que son como nuestros “Pfannkuchen” pero de harina de maíz – para acompañar con frijoles negros, hervidos hasta casi deshacerse con chile y tomate verde; de esto vive aquella gente todo el año. Para acompañar la comida nos sirvieron a cada uno medio litro de aguardiente. Pronto nos sentimos capaces de seguir con nuestro viaje. Mi caballito también debe haber sentido el estomago vacío, porque mientras tanto se había escabechado toda la penca de plátano. Como para confortarme nos dijeron mis dos gracias, que nuestra meta estaba SOLO a tres horas de camino. Así que seguimos adelante.
Apenas habíamos avanzado media hora cuando nos sorprendió mi nueva amiga, la lluvia. Así que llegue a las 4 de la tarde a Naolinco, completamente empapado y sin embargo muerto de sed. Estaba totalmente agotado, con las manos hinchadas y su parte superior cubiertas de ampollas. Estaban tan quemadas del sol que parecian como si las hubiese bañado con agua hirviendo. Mi nariz, mis mejillas y el cuello estaban parecidos, pero no tanto.
En Naolinco hay una posada, un agujero espantoso, que renta cuartos. A mi, como único huésped, me abrieron el cuarto “”residencial” cuyo confort se reducía a una silla, un catre que chillaba como un puerco y el aire enmohecido sin una ventana ni para remedio. Pero ya no me importaba nada, solo quería acostarme. Como seguía lloviendo eso hice y caí inmediatamente en un sueño de muerto.

A las 6 de la mañana desperté. Hacia un tiempo delicioso, así que subí a un cerro para orientarme.
Era un paisaje hermoso, con mucho bosque y agradablemente fresco. La ciudad daba la impresión de ser muy pobre, igual que sus pobladore
Hay solo pequeños comercios: sin embargo estuve ocupado durante dos días ahí. Hasta el Domingo pude tomar este “precioso” camino de regreso. Esta vez me organice mejor, salí a las 5 de la mañana y para la una, cuando empezaba la lluvia, ya estaba en Jalapa. Al fin logre llegar seco, aunque fuera solo la parte superior, a mi destino.
Lo primero que oí cuando entre al comedor fue la noticia de la muerte del emperador. Yo lo sentí mucho, pero para el pobre Federico debía haber sido un alivio, ya que seguramente sabía que nunca se iba a curar de esta enfermedad.
En Jalapa también encontré a amigos y conocí buenas personas. El Sr. Desebrock me había dado una carta de introducción para el Dr. Rebsamen, quien es el director alemán de la Escuela Normal para maestros. Es un señor muy amable, quien me mostró toda su escuela. En este mismo colegio trabaja un profesor alemán, al cual conocí el año pasado en Puebla, como instructor particular en el consulado alemán. Además encontré a otro profesor alemán, quien estuvo hace unos meses aquí en Veracruz. Con estos tres pase un día de descanso de la manera mas agradable.

El Lunes estuve ocupado con algunos clientes y el Martes regrese aquí en diligencia. Me tocaron unos compañeros de viaje muy simpáticos: una familia yucateca con dos preciosas hijitas, a las que regale frutas que compre en cada estación. En Rinconado, a mitad del camino, desayunamos juntos. Después ya nos acercamos definitivamente a mi querido Veracruz. ¡Sentíamos subir la temperatura con cada cuarto de hora que pasaba, hasta que finalmente costaba trabajo respirar! Me puse de veras nostálgico cuando cruzamos los pantanos y luego los médanos desérticos, después de ver durante 15 días nada mas que bosques, campos verdes y ríos. ¡Y este insoportable calor!
Aunque según el calendario ya debería estar lloviendo aquí, no lo ha hecho. Esta semana llovió solamente una vez durante la noche. Parece que toda el agua cae en el interior del país: Por León cayeron unas trombas tan fuertes que cientos de personas se accidentaron y la vía del ferrocarril de El Paso a México estuvo interrumpido por muchas millas. Por eso me temo que esta carta va a tardar bastante en el camino y tendré que armarme de paciencia, hasta que reciba una contestación de ustedes.