25 de Septiembre de 1889
25 de Septiembre de 1889
Si les dio gusto recibir mi ultima carta de viajes, seguiré con la misma. Ojala no se aburran con ella.
Me quede en San Andrés Tuxtla. En vísperas de una hermosa excursión al Salto del Río Grande de Catemaco. Aunque en la noche había ciado un aguacero, mande ensillar los caballos y a las 7 de la mañana salimos, mi amigo y yo. A las 9 llegamos a Catemaco, un pueblo grandecito, donde nos abastecimos con vino, queso y pan y luego seguimos adelante con un guía. Después de otra media hora llegamos a la cascada, donde este Río Grande cae en tres ramales desde una altura de 60 m a un abismo, con un estruendo espantoso, que se puede oír hasta San Andrés, si el viento va en esta dirección. Toda la barranca esta llena de vapor de agua, bajo el cual, mas allá, aparece el río como una espumosa cinta de plata. Era hermoso y me quede admirándolo por mucho tiempo, tanto desde arriba como desde abajo. Cerca de mediodía volvió la lluvia y tuvimos que huir. A pesar de exigirles lo máximo a nuestros caballos, llegamos mojados hasta los huesos a Tuxtla.
Tuve que esperar dos días hasta que llegara mi equipaje con las muestras, lo que era una ocupación muy agradable. Mientras tanto leí “Fausto” en español. Pero después si trabaje de un tirón, para no perder demasiado tiempo y pude hacer unos muy buenos negocios. Luego continúe mi viaje, pero ahora me tocaron caminos espantosos.*
Por muchas millas parecía que íbamos por un pantano. Por horas chapotearon los caballos en lodo hasta las rodillas, a veces hasta el pecho! Y las pobres mulas bajo su carga se quedaban atascadas con sus piernas delgadas, que a veces no podían seguir. Inclusive una se cayo y se hundió tanto, que no se pudo volver a levantar. Así que tuve que ayudar a mi guía a descargar el animal hasta poderlo levantar y luego volverla a cargar, naturalmente con el lodo mas arriba de mis rodillas. Afortunadamente después cruzamos un río bastante crecido, tanto que el agua paso por encima de mi silla, así se limpiaron mis pantalones y botas. Pero la sensación del agua fría dentro de mis botas era demasiado desagradable. Le pedí a mi guía que me los quitara y en el proceso casi me arranco las piernas! Colgué las botas y las calcetas sobre el cuello de mi caballo para que se secaran y seguimos chapoteando. Después de vadear unos cuantos ríos pequeños llegamos, a las 7 de la noche, con una lluvia torrencial a un poblado mas grande, Guayapan, donde pasamos la noche – habíamos salido a las 5 de la mañana!
Los caballos y las mulas estaban tan agotadas por el mal camino y la lluvia, que no pude llegar, como el año pasado, al la hacienda “Corral Nuevo” , donde lo había pasado tan bien. Cuando me levante a la mañana siguiente y cheque los animales, tenían las piernas y sus pechos y espaldas tan hinchadas, que era imposible seguir con ellos. Entonces tuve que buscar animales nuevos y se hizo las 8 de la mañana hasta que pude salir, bajo un aguacero tremendo que duro casi todo el día. Afortunadamente en esta región los caminos eran algo mejores y llegue a las 5 de la tarde a Acayucan, donde estuve ocupado por dos días.
Luego seguimos a Jaltipan, donde había hecho un amigo el año pasado. Esta vez no me hospede con el, ya que supe que su papa se había enfermado gravemente.
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Hasta ahí contó en su carta anterior.
Están trabajando muy aprisa en el tren de Tehuantepec, que va de Coatzacualcos hasta Tehuantepec. Después de que quebró una compañía Americana, lo tomo una compañía Inglesa y trabaja a todo vapor. Por eso hay en la región muchos ingenieros, la gente gana buen dinero, así que el negocio es muy bueno y la sociedad muy activa. Además hay un gran lujo de bebidas. En cualquier changarro se encuentra champagne, vinos, cervezas de diferentes marcas, americanas y alemanas, Coñac, etc.
Desde Jaltipan me fui a Minatitlan, la meta final de mi viaje. En cuatro días había terminado mis negocios y luego “tuve” que flojear durante 15 días hasta que pasara un barco que me llevara a Veracruz, ya que me negué a regresar por el “hermoso” camino de tierra. Bueno, allá no sufrí de nada. Vivía, como el año pasado, en casa de Mr. Leetsch, un millonario americano, quien tiene una compañía de exportación de madera y es buen cliente de nosotros. Tiene una hermosa casa muy grande, sencilla pero muy cómoda. En la primera planta se encuentra la oficina, el almacén y el comedor, alrededor de la casa, con excepción del frente, se extiende un precioso jardín. En el piso superior se encuentran las recamaras y estancias, todo esto arreglado de manera muy cómoda y acogedora. En torno de la casa hay un balcón, mas bien una veranda, con varias hamacas y por la parte trasera se ensancha hasta formar una terraza. A toda hora hay una mesita con diversos vinos, aguardientes y agua cristalina. También hay varias mecedoras cómodas y celosías que lo protegen a uno del sol. Del otro lado de la calle se encuentra una casita que alberga la cocina, los sirvientes y a un lado esta el establo.
Ahí lleve una vida señorial. A las 7 de la mañana me levantaba, tomaba mi café y leía el periódico; a las 10 salía a dar una vuelta a mis clientes que tienen la costumbre de invitarte a una copa, ya sea de vino, vermouth, algún licor o cerveza! Así que tenia que visitar por lo menos 6 cada mañana! A las 11 regresaba a casa a desayunar. ¡Cocina finísima y los vinos por el estilo!. Después me acomodaba en alguna de las mecedoras a leer, la biblioteca tiene libros en todos los idiomas, con los que pasaba toda la tarde. A las 5 cerraban la oficina y ya habían ensillado dos hermosos caballos, uno para el joven Leetsch, mas o menos de mi edad, y el otro para mi. Entonces dábamos un paseo por bosques y campos, que son grandiosos allá y regresábamos hasta las 7 para la comida. Después de comer nos sentábamos en la terraza hasta las 10 de la noche…A veces paseábamos a lo largo del río, que se encuentra a unos 100 pasos de la casa. ¡Así me gusta la vida! Allá hice en estas idas algunos buenos amigos, y siento mucho que no los tenga conmigo ahora, ya que aquí es una desgracia en lo que se refiere a amigos.
Mas lo sentí cuando un buen día llego un miserable, minúsculo, desvencijado barquillo, con la orden de ir con el a Veracruz. No sirvió de nada lamentarse, al día siguiente hice mi maleta y me embarque. A las 3 de la tarde dejamos Minatitlan y a las 5 estábamos en la boca del río Coatzacoalcos. Ahí anclamos durante la noche, ya que había que tomar carga el día siguiente. A las 12 del mediodía habían terminado de cargar y nos hicimos a la mar.
No vale la pena contar nada del barco. Ni para remedio contaba con una recamara, un salón o cualquier comodidad, además era espantosamente mugroso. Estaba destinado al transporte de ganado por la costa, pero como no había otro en el cercano futuro, no me quedo otra que tomarlo, junto con algunos camaradas de infortunio. En la noche me encontré una silla rota, siquiera tenia respaldo. Era el non plus ultra de comodidades. La arregle lo mejor posible y donde no entraban los clavos la amarre con un mecate y me busque un lugarcito en la popa para pasar ahí la noche.


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