Veracruz, 26 de Junio 1888
El Lunes todavía tuve que hacer en Coatepec, en donde tenemos unos clientes muy simpáticos. Además conocí al Sr. Roberto, un Franco/Suizo quien hablaba bastante bien alemán y quien se porto muy bien conmigo. Tiene una enorme fábrica de café, con muchas maquinas para limpiar y separar los granos, las que me enseño y explico minuciosamente.
A las 6 de la mañana siguiente me prepare para salir hacia Tocelo. Tenia dos maletas grandes con muestras, cada una iba sobre un burro, en el tercer burro iba montado un cuarto, que era mi mozo, y yo orgullosamente a caballo, seguía a esta pequeña caravana de burros. Era un caballo mexicano hermoso, nunca en mi vida había montado uno tan precioso: pertenecía al Sr. Roberto, quien me lo había prestado. Así que, montado en un caballo tan fabuloso y con un panorama tan impresionante, te puedes imaginar que hacia mucho tiempo que no me sentía tan a gusto.
El paisaje era maravilloso, aunque el camino no tanto, ya que, si no iba cuesta arriba, iba para abajo, pero siempre a través de bosques y sembradíos. Había arroz, maíz, tabaco y café a montones y como el café estaba floreciendo, muchas veces desde la loma de un cerro podía ver
Pero te mando una vaina de vainilla que coseche en Jalapa. Desgraciadamente no estaban en flor, dicen que es algo maravilloso el aroma que despide un sembradío de vainilla.
Seguimos adelante. Al fin llegue a una “barranca”, de las que hay muchas en este país, cuyo paso es temido por todo el mundo. Se trata de un profundo abismo por cuyo fondo pasa bramando un río. Cuando llegue a esta barranca pensé:”bueno, nunca le he temido a un obstáculo montado en un buen caballo, pero esto si mejor me lo echo a pie!” El camino bajaba casi verticalmente pegado a la pared. Ya me iba a apear, cuando me avergoncé de mi mismo y me dije:”lo que otros pueden, yo también!” Pique mi caballo con las espuelas y seguí adelante. La vereda forma serpentinas tan empinadas que parece imposible que por ahí pudiera pasar un caballo y menos un burro con carga. Pero es admirable con cuanto cuidado caminan, como prueban cada paso antes de darlo. Así seguimos por una espantosa media hora, cada vez mas abajo. ¡Pero que premio te espera cuando llegas al fondo!
Sobre el río colgaba un puente medio derruido. En este me quede parado por casi media hora para descansar y admirar el espectáculo. Bajo mis pies rugía el río con un estrépito que hacia imposible oírse a uno mismo, como las cataratas del Rhin. Encima de mí colgaban helechos gigantescos, cuyas hojas eran tan largas y anchas como un hombre. En donde había un puñado de tierra, crecía un árbol, y por entre este verdor hermoso y fresco crecían flores de todos los colores imaginables! En medio asoman unos peñascos que amenazan a cada momento con caerte encima y enterrarte vivo. Lo que le da el toque pintoresco a todo esto son las muchas cascadas por doquier. Como en la época de aguas llueve mucho, los ríos vienen con un gran caudal. He visto cascadas tan anchas y bellas como la de Drusen en Thuringia, pero todavía más altas. ¡Ah, como me hubiera gustado quedarme mas tiempo! Pero ya casi era mediodía y se estaban juntando nubes negras. Me habían recomendado no mojarme, así que me apure en seguir adelante.
Subimos por la pared contraria sobre otro camino igual de terrible, luego pasamos por sembradíos, cruzamos otra montaña bastante alta y finalmente, hacia las 12, llegue a Tocelo.
Es una ciudad – allá diríamos pueblo como el de G., solo a la mexicana. Las casas son de madera y la única abertura es un hueco causado por la falta de una tabla en la pared : esta es la puerta por la que uno se desliza como puede. También hay rancheros ricos con casas de material y la iglesia es muy bonita. Como no hay hotel ni posada, tuve que encomendarme a la hospitalidad de un cliente mío. Fui con el, me presente y me acogió muy amablemente.
Después de desayunar sabroso y con un apetito feroz, desempaque mis muestras y para la noche ya había colocado un sustancioso pedido. Estaba muy satisfecho. ¡Con que gusto anticipe esta noche de descanso! Como de mis otros dos clientes uno estaba enfermo y el otro de viaje, hubiera podido regresar inmediatamente a Coatepec. Pero no había de ser así.
A las 8 de la mañana tuve que unirme a una procesión a través de la ciudad: era la fiesta de San Antonio, patrono del pueblo. Primero me apene mucho, pero no estuvo tan mal y hasta me divertí. Lo que estuvo mejor y me gusto todavía mas, fue el opulento desayuno mexicano que degustamos después de tan trabajosa mañana. Ahí nos quedamos hasta las 11, cuando ya no soporte mi impaciencia y prepare mi regreso.
¡Que diferente lucia esta hermosa barranca hoy! Estaba oscura y siniestra y justo cuando cruzaba el puente empezó a llover! Esto era fatal: todo el tiempo había cargado uno de estos grandes impermeables mexicanos como muestra, para que me lo pusiera en caso de lluvia y nunca lo ocupe. Y ahora que lo necesitaba ya no lo tenia: se lo tuve que vender al cura de Tocelo.
Estos impermeables son una cosa muy rara: consisten en un pedazo de caucho o paño de hule de unos
Por falta de otra cosa me envolví en mi fiel abrigo militar, que siempre me acompaña, pero no sirvió de nada. Hasta que había subido por el lado opuesto de la barranca, estaba ensopado. Aquí el agua cae como tirada con cubetas. ¡Y faltaban tres horas hasta Coatepec! Espolee el caballo todo lo que aguanto, sin embargo llegue mojado hasta los huesos.
Ahí tuve que atravesar toda la ciudad bajo una torrencial lluvia para procurarme un caballo, mulas y un mozo, para que me llevaran al día siguiente a Naolinco. A las 7 de la mañana salimos para allá.
Que caminata fue esta! ¡Dios me libre de tener que volver a recorrer este camino! Hay que pasar por tres cordilleras, aparte de subir por incontables cerros y bajar otras tantas cuestas. ¡Pero estas subidas y bajadas eran el triple de altas que nuestra barranca de ayer! Sin embargo aun estas infelices montañas tenían su belleza: estaban cubiertas de espléndidos y románticos bosques.
Los llanos estaban todos inundados, así que el caballo tuvo que buscar con gran cuidado su camino, nunca estaba seguro de lo que iba a pisar. Además tuve que cruzar tres riachuelos que con, las lluvias, se habían convertido en caudalosos ríos. Montado en mi caballo, me llegaba el agua hasta las rodillas. Continuamente temía por mis muestrarios, ya que las mulas apenas podían mantenerse en pie en la corriente. ¡Y eso todavía no era nada! Después hubo como un mar de peñascos, donde por una hora el caballo tuvo que saltar de uno al otro. Esta constante vigilancia que no pisara en falso, que no se cayera, me canso muchísimo y acabo con mis fuerzas. Cuando al fin habíamos pasado este pedregal y me veía confrontado con otra montaña altísima, busque desesperadamente alguna ayuda. Además ya eran las 12, el sol quemaba verticalmente sobre mi cabeza y no había probado bocado aparte del café y un pan en la mañana. Entonces vi, desde lejos, una choza de donde salía humo. Lleno de esperanza me apresure hacia ella, baje del caballo y metí la cabeza en la abertura que fungía como puerta. ¡Era como un milagro! Una preciosa negrita estaba parada junto al fogón, ay, una linda muchachita, solamente se distinguía de la bella Eva del paraíso por un enredo que llevaba alrededor de la cintura. Cuando le hable, salió una monisima mamacita negrita de un rincón, el papa afortunadamente estaba ausente.
Como esta gente es muy suspicaz y cerrada ante un extraño, tuve que usar de todo mi encanto y mi amabilidad, hasta que me permitieron entrar. Me senté sobre un tronco y trate de hacerles entender a las damiselas de la manera mas rápida, que me estaba muriendo de sed y de hambre, Mientras tanto también llego mi mozo, a quien los mismos sentimientos habían guiado hacia la chocita. Entonces nos sirvieron la comida nacional mexicana: tortillas – que son como nuestros “Pfannkuchen” pero de harina de maíz – para acompañar con frijoles negros, hervidos hasta casi deshacerse con chile y tomate verde; de esto vive aquella gente todo el año. Para acompañar la comida nos sirvieron a cada uno medio litro de aguardiente. Pronto nos sentimos capaces de seguir con nuestro viaje. Mi caballito también debe haber sentido el estomago vacío, porque mientras tanto se había escabechado toda la penca de plátano. Como para confortarme nos dijeron mis dos gracias, que nuestra meta estaba SOLO a tres horas de camino. Así que seguimos adelante.
Apenas habíamos avanzado media hora cuando nos sorprendió mi nueva amiga, la lluvia. Así que llegue a las 4 de la tarde a Naolinco, completamente empapado y sin embargo muerto de sed. Estaba totalmente agotado, con las manos hinchadas y su parte superior cubiertas de ampollas. Estaban tan quemadas del sol que parecian como si las hubiese bañado con agua hirviendo. Mi nariz, mis mejillas y el cuello estaban parecidos, pero no tanto.
En Naolinco hay una posada, un agujero espantoso, que renta cuartos. A mi, como único huésped, me abrieron el cuarto “”residencial” cuyo confort se reducía a una silla, un catre que chillaba como un puerco y el aire enmohecido sin una ventana ni para remedio. Pero ya no me importaba nada, solo quería acostarme. Como seguía lloviendo eso hice y caí inmediatamente en un sueño de muerto.
A las 6 de la mañana desperté. Hacia un tiempo delicioso, así que subí a un cerro para orientarme.
Era un paisaje hermoso, con mucho bosque y agradablemente fresco. La ciudad daba la impresión de ser muy pobre, igual que sus pobladore
Lo primero que oí cuando entre al comedor fue la noticia de la muerte del emperador. Yo lo sentí mucho, pero para el pobre Federico debía haber sido un alivio, ya que seguramente sabía que nunca se iba a curar de esta enfermedad.
En Jalapa también encontré a amigos y conocí buenas personas. El Sr. Desebrock me había dado una carta de introducción para el Dr. Rebsamen, quien es el director alemán de
El Lunes estuve ocupado con algunos clientes y el Martes regrese aquí en diligencia. Me tocaron unos compañeros de viaje muy simpáticos: una familia yucateca con dos preciosas hijitas, a las que regale frutas que compre en cada estación. En Rinconado, a mitad del camino, desayunamos juntos. Después ya nos acercamos definitivamente a mi querido Veracruz. ¡Sentíamos subir la temperatura con cada cuarto de hora que pasaba, hasta que finalmente costaba trabajo respirar! Me puse de veras nostálgico cuando cruzamos los pantanos y luego los médanos desérticos, después de ver durante 15 días nada mas que bosques, campos verdes y ríos. ¡Y este insoportable calor!
Aunque según el calendario ya debería estar lloviendo aquí, no lo ha hecho. Esta semana llovió solamente una vez durante la noche. Parece que toda el agua cae en el interior del país: Por León cayeron unas trombas tan fuertes que cientos de personas se accidentaron y la vía del ferrocarril de El Paso a México estuvo interrumpido por muchas millas. Por eso me temo que esta carta va a tardar bastante en el camino y tendré que armarme de paciencia, hasta que reciba una contestación de ustedes.


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